“Hablamos esta noche”: Mª Rosa, la primera Julia

No es mucho lo que se nos da a saber sobre Mª Rosa, el personaje de la primera esposa de Víctor, aunque vale la pena detenerse a analizar algunos detalles de lo más significativos. De todos ellos, el más elocuente es el que corresponde a la elección que realiza de su siguiente pareja sentimental: Hans. Y es que, aunque al pobre Hans no le gustara escucharlo, su valor reside en el hecho de invertir en todo lo posible todo lo que Víctor es, o fue antes que él. No en vano, el gran dato de Hans es que es de nacionalidad holandesa, estereotipo al que se atribuye una posición personal y social de gran permisividad. Hans permite, no hace muro, sino orilla, totalmente receptiva para las singularidades, fragilidades y vulnerabilidades de los demás a su alrededor. No es el rígido muro que Víctor puede ser, fingiendo la perfección, suponiendo la consiguiente felicidad a su alrededor, esperándola como consecuencia lógica de su esplendor, sino que aparece como un cómodo compañero, accesible y comprensivo, cuya compañía valdría tanto más como menos terminó valiendo la de Víctor para Mª Rosa. La elección de esta puede parecer, y seguramente lo haga, un tanto artificiosa en términos de guión, pero no se puede negar que dicha elección hace sentido en el devenir del relato y en comparación con el personaje de Víctor.

Es obligado decir que la estrategia de Mª Rosa ha terminado dando sus frutos, a juzgar por la conversación que Víctor y ella mantienen tras asistir a una escena familiar con Hans y el niño pequeño:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Víctor: Os veo muy bien.
Mª Rosa: Lo estamos. [Pausa] Me gustaría que habláramos muy seriamente de nuestro divorcio.

La alusión de Mª Rosa a su magnífica relación con Hans le recuerda su deseo de poner fin legal a su matrimonio con Víctor, como la confirmación de que la estrategia de sustituirle por su opuesto le hubiera procurado la mayor felicidad. Y algo de eso debe de intuir Víctor, para el que el divorcio no solo representa un fracaso personal, una de esas máculas que tanto rechaza y que tanto se esfuerza por ocultar, sino que también supone aceptar que su fórmula de esplendor no pudo procurar bienestar a Mª Rosa, y que ha sido su opuesto quien ha terminado consiguiendo semejante tesoro. Mucho orgullo que tragar para un narcisista como él, de modo que la respuesta no puede ser otra:

Víctor: No creo que sea el momento para preocuparse también de unos malditos papeles.
Mª Rosa: Pues avísame.

Víctor resuelve la inesperada petición de Mª Rosa, esa que sanciona su fracaso definitivo, con la lógica del “hablamos esta noche”, es decir, postergando el asunto y demorando la mácula, ocultándola bajo la cama para tratar de mantener lo que se pueda de su mejor semblante. Eso, al menos, piensa él, pero esa desagradable escena se le va a presentar de nuevo y muy multiplicada cuando a su vuelta al salón asista a una escena familiar que bien pudiera etiquetarse de “feliz”, de estable; todo lo que la suya NO es:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Víctor abandona la casa de Mª Rosa sin tan siquiera despedirse, herido en su orgullo al ver que los efectos de un carácter poroso permiten la vida alrededor, pero las técnicas para esconder las máculas y apuntalar el semblante provocan el desgaste de aquellos que se acercan a él. En palabras de su padre: “Nunca se sabe si se puede contar con él”. Aquí, en esta escena, queda claro que Mª Rosa decidió sustituirle por otro “con el que sí podía contar”. Y de hecho, no cabe duda de que lo poco que se nos da a ver de Hans es que es alguien con quien se puede contar, tanto en lo social y familiar, haciéndose cargo de los niños en todo momento, como en lo muy personal, pues recordemos que Claudio le elegirá a él, que no es su padre, para confesarle su homosexualidad.

Algo de Mª Rosa conecta con Julia que nos resulta de interés, y es el hecho de que ambas terminan dejando a Víctor, y no al revés. Víctor nos lo revela en la escena en que acude al colegio de Claudio para hablar con Mª Rosa:

Mª Rosa: Aunque no es mi estilo, te recuerdo que nunca quisiste tener a Claudio contigo. ¡Ni siquiera durante unas vacaciones!
Víctor: ¡Cuando te fuiste de casa era un crío!

Mª Rosa se fue de casa, como Julia:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Julia: Me voy a Fano [Italia] el viernes.
Víctor: ¿Y cuándo vuelves?
Julia: No vuelvo. He aceptado ese trabajo.
Víctor: ¡Bravo!, eres muy lista; la que se marcha eres tú pero yo soy el culpable de la separación.
Julia: Por cierto, ¡tus llaves! – dice lanzándoselas de vuelta.

Dos mujeres que el relato hace pensar que terminaron desgastadas y asfixiadas por la aspiración de perfección en el semblante de Víctor, jugándose una suerte de repetición de la que, por ahora, Víctor, no ha obtenido saber alguno.

Otro de los asuntos que ambas tienen en común y que apuntan a la tendencia de Víctor a hacer oídos sordos ante la insatisfacción de los demás, aparece cuando ambas le dicen que le han ido dando pistas sobre los problemas, a lo que él responde siempre negando la realidad. Lo vimos con Julia, que le había mandado señales para hacerle saber que su relación no podía continuar de esa manera, en al menos dos escenas. Primero, cuando Julia le va dando noticias sobre cómo avanza la posibilidad de ser contratada por una empresa italiana y tener que trasladarse a Italia:

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Julia: He recibido carta de Fano.
Víctor: ¿De quién?
Julia: Fano, Italia. El laboratorio de biología marina que me ofreció trabajo.
Víctor: Primera noticia.
Julia: ¡Pero Víctor, te lo conté!
Víctor: Debo estar perdiendo las neuronas.

Víctor reacciona negando recordar nada de esa “primera señal” que, como decíamos, Julia articulaba en forma de reclamación de deseo, haciéndole saber que ella no podía continuar sin ninguna señal de su existencia. No obstante, lo habíamos vivido ya con Mª Rosa anteriormente cuando esta le contaba cómo había insinuado a Víctor la homosexualidad de su hijo Claudio:

Víctor: Supongo que estás segura.
Mª Rosa: Hace tiempo que tenía alguna sospecha, pero prefería pensar que era solo aprehensión. [Pausa] Tú lo sabías… Lo hemos hablado alguna vez.

Hay un instante en que Víctor amaga con asentir con la cabeza, como si no pudiera evitar en ese instante recordar algo de esas señales que tanto se esforzó por no atender, por apartar de sí, pero contesta:

Víctor: ¡No lo recuerdo!
Mª Rosa: Quizá no hemos abordado el tema de frente, pero te lo he insinuado, te he dado algunas pistas.
Víctor: ¡Nunca me insinuaste nada! – contesta con acritud.

El espectador cree a Mª Rosa, como también cree a Julia cuando dice que le había contado antes sobre la existencia de esa oferta de trabajo en Italia. El modus operandi de Víctor se hace transparente. Para él, las cosas que les suceden a las personas a su alrededor no son producto espontáneo de la fenomenología de la vida o del paisaje del deseo, sino del hecho de que él no se ocupó de ellas. Como perfecto narcisista, él que se ha arrogado la responsabilidad de ser el garante de todos y de su corrección y felicidad, solo puede asumir la aparición de estas desviaciones no como un error en su carácter, no como responsable de tales desviaciones, sino por el hecho de que no se ocupó debidamente, que se distrajo, o mejor aún, que le fue arrebatada la oportunidad de intervenir. Así, Víctor asevera que su hijo no habría sido homosexual si hubiera vivido con él en lugar de con Mª Rosa, “pero no se le dio la oportunidad de intervenir”. ¡Por eso sucedió tal cosa!, piensa él. Algo similar sucede con Julia, pues cuando ella le dice, en la escena clave de la cena…

"Hablamos esta noche" (Pilar Miró, 1982)

Julia: Hemos llevado una vida un tanto… alterada, los últimos… ¿tres? sí, tres años.

…el narcisista de Víctor se arroga la responsabilidad:

Víctor: Culpa mía, mi amor, no tuya.

Lo que le sirve para vivir la ilusión no de que su forma de amar sea insuficiente para alguien, sino que si resulta insuficiente es porque él no se ha dado ni ha amado como sabría hacer. Es decir, que no se trata de un problema de impotencia, ¡él absolutamente potente!, sino de dejadez. Y ello, sin darse cuenta de que eso es, precisamente, lo que más preocupa a Julia, para la que la impotencia en el amor no es un error en sí mismo, sino su contingente paisaje, pero no así la ausencia de deseo, que es desde todo punto insostenible. Por esa razón, Julia contesta muy airada:

Julia: ¿Quieres decir que puedo tomarme un desquite? ¿Me puedo ir a Italia porque tú me has puesto los cuernos con Almonacid?

Las palabras de Víctor al hacerse exclusivamente responsable de las emociones de Julia debido a su dejadez, pretenden etiquetar al hecho de que ella le abandone yéndose a Italia como un castigo que él se merece por no haber cuidado de ella, lo que sirve a Víctor para consolidar que ella se va no por la impotencia amorosa de él, ¡lo que más le preocupa aseverar!, sino como castigo por no haberla atendido. Para Julia, las palabras de Víctor resultan exasperantes, pues pretenden incluso restar potencia al acto de abandonarle, como si no fuera del todo propietaria de su decisión, sino una forma de actuación que él sanciona primero como algo comprensible dado que: “culpa mía, mi amor, no tuya”. Julia queda virtualmente desprovista incluso del goce de abandonarle pues pareciera que tal acto es el primero que él entiende como resultado de su actuación, como si hubiera sido ya previamente aceptado de antemano como un daño aceptable que asumiría llegado el momento adecuado. La ofensa contra Julia es de unas proporciones íntimas explosivas, aunque no lo parezca a primera vista.

 

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