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"Las consecuencias del amor": #3 El desnudo de Artemisa

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Pero hemos avanzado demasiado deprisa. Volvamos a nuestra escena de Las consecuencias del amor,

Las consecuencias del amor (Sorrentino, 2004)

y atendamos a las palabras de Sofia, nuestra diosa por hoy, donde localizaremos una de las palabras más importantes en toda la filmografía de Sorrentino:

Sofia: A proposito, voglio farti vedere una cosa.

“Quiero que veas una cosa”. Una frase que aparece en dos ocasiones, pero en ambas acompañando a ese acto de “dar el pecho a ver”, actos ambos que pivotan en torno a la palabra “vedere”, que se carga de una potencia irremisible. Tiene la diosa la capacidad de dar a “ver”, y ese “vedere”, el “vedere de la diosa”, puede resultar mortal. No en vano, la frase con la que Elisa de Santis precedió su insuperable “vedere” fue prácticamente idéntica:

La gran belleza (Sorrentino, 2013)

La gran belleza (2013)

Elisa de Santis: Adesso, voglio farti vedere una cosa. 

Un sublime “vedere”, que precede a una imagen irresistible e hipnotizante para el hombre al que le es dado a ver. Sí, es cierto que, en el caso de Las consecuencias del amor, ese “vedere” aparece justo después, no en el momento del acto de dar a ver, pero también lo es que, en primer lugar, aquello que a continuación le enseña es un objeto que “sigue siendo ella”, pues se trata de su nuevo carnet de conducir, con su foto, luego sigue siendo ella lo que se le da a ver. Y segundo, que esas palabras acompañan al acto de “dar a ver su pecho” en la misma escena, aunque desplazado apenas unos segundos, como si el Sorrentino de 2004, aún incapaz de lidiar con ese significante que insiste (“vedere”), lo hubiera sometido a un desplazamiento, una operación psicoanalítica con la que desviaría la atención de aquello que se le ha dado a ver (¡el centro de lo inefable!, lo inmanejable), hasta un significante de acompañamiento que, por su proximidad a eso que “se da a ver”, se carga de un goce fetichista irrefrenable. Y de la existencia de ese goce, del que el propio Sorrentino no será consciente, pero que se intuye por la repetición del significante, se explica la necesidad de volver a él una y otra vez. El acto de habla que es pronunciar ese “vedere”, por labios de una mujer en blanco, desencadena en Sorrentino una inevitable atracción por eso otro “que está al lado”, que se le “da a ver”.

Es el momento de acordarnos de Artemisa, la diosa griega de la caza, y de su encuentro con Acteón.

Diosa Artemisa / Diana

Izq.: La Diana de Versalles. Siglo I-II. Museo del Louvre. Der.: Diana, la cazadora. De Gaston Casimir Saint-Pierre (1833-1916).

Recordarán que, según es recogido por autores como Ovidio (en Las metamorfosis), la diosa Artemisa (Diana en la mitología romana), fue accidentalmente vista desnuda en el bosque por Acteón, un cazador local que admiró su belleza. Disgustada por su atrevimiento, Artemisa le castigó salpicándole con agua el rostro y transformándolo así en un ciervo que a continuación fue devorado por sus propios sabuesos de caza. Nos habla este mito de cómo el cazador puede terminar siendo la propia presa, y en concreto la de una mujer por efecto de un “vedere”, de un “verla desnuda” que detiene, deja en suspenso al cazador, amarrado por efecto de una imagen. No una cualquiera, claro, sino el “vedere” de una diosa que además ella misma es cazadora, dando todo el sentido al acto de apresar a Acteón.

De hecho, hay en la tradición de representar a Artemisa en la pintura el empeño de hacerlo descubriendo su pecho, como se aprecia en muchas pinturas que reproducen fragmentos del mito:

Pinturas de la diosa Artemisa / Diana

1º: Muerte de Acteón. Tiziano. 2º: Diana y Acteón. Tiziano (1556-1559). 3º: Diana en el baño, sorprendida por Acteón. Charles-Joseph Natoire. 4º: La caza de Diana. Peter Paul Rubens (1617-1620).

Así, una acreditada relación artística entre Artemisa y el “vedere” de una diosa que pasa sobre todo por alcanzar a ver su pecho, y con ella una figura mayor que encontrará su propia insistencia, como hemos visto, a lo largo de la filmografía de Sorrentino, junto a los peligros de semejante alcance. Pudiera parecer que la conexión con Artemisa se propone tan solo por el paralelismo de su historia, pero lo cierto es que el propio cineasta traerá expresamente a la diosa Artemisa a su filmografía cuando se empeñe en mantener en plano la escultura de su busto durante una buena cantidad de escenas del film Il divo (2008), pero sobre todo cuando el protagonista, Andreotti (de nuevo, Toni Servillo), se encuentre con una importante mujer cuyo hipnótico “vedere” analizaremos más adelante:

Il divo (Sorrentino, 2008)

Il divo (2008)

Así se establece esa lógica cazadora en muchas de esas diosas a las que los protagonistas masculinos de los films de Sorrentino admirarán bajo riesgo de quedar apresados por ellas, en el “vedere” de algo cuya medida excede lo alcanzable, lo cuantificable, y que solo puede ser referido, traído a la pantalla, por la alusión de una potencia infinita, divina, es decir, la potencia de una diosa sagrada. En efecto, tanta será la altura de esta dama que pulsa por salir a lo largo de sus films, que solo encontrará una forma a la altura cuando la escena disponga un auténtico altar,

La gran belleza (Sorrentino, 2013)

La gran belleza (2013)

en un tiempo y un espacio desconectados, de otro mundo, donde un ingenuo Acteón comenzará a hacer una cosa que ya no dejará de hacer jamás: “vedere”, mirarla.

 

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Las consecuencias del amor: #4 El nacimiento del blanco y el color de las mujeres

Productor y Director de "Código Cine". Publica artículos, ensayos y reportajes de análisis y comentario fílmico en esta y otras publicaciones desde mediados de los años 90. También co-editor de "SOLARIS, Textos de cine", editorial fundada en Madrid que edita la Colección SOLARIS de libros, así como otras publicaciones de cine.

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