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"Annette": el cine es puro artificio

1. ¿Qué es el cine…, musical?

Me van a permitir una reflexión personal antes de empezar. Lo digo, más que nada para que nos vayamos conociendo y sepamos de qué pie cojea cada uno. Annette (2021) no es una película fácil, de modo que creo que vale la pena hacer un preámbulo para las presentaciones. A lo largo de la historia, los intentos que ha tenido el cine de acercarse al concepto de realidad han sido, en mi opinión, confusos. En general, cuando uno habla de realismo en el cine se imagina una película rodada con la cámara al hombro, mal planificada y peor montada (todo premeditado, claro) cuyo resultado suele confundir al respetable más que ilustrar al espectador. Porque sí, me van a perdonar. No me gusta ese tipo de cine, aunque admito que se han hecho grandes películas con esta metodología. Sin embargo, prefiero los planos a trípode, los travellings y el (sabio) uso del montaje. Y les digo todo esto (una opinión llena de salvedades y excepciones, que quede bien claro) porque a mi modo de ver, creo honestamente que el mejor cine, es el que es puro artificio. Puede que algunos les provoque urticaria una idea así y que por tanto la obra de, pongamos por caso, Alfred Hitchcock, les resulte barroca o sobrecargada. Sin embargo, creo de todo corazón, que todas las películas llevan su truco y hasta la más realista, tiene el suyo1.

Es por esto que, desde mi punto de vista, el cine es en esencia, un truco de magia. Unos fuegos artificiales muy bien concebidos y diseñados que incluso, expuestos y distribuidos de la forma más adecuada, pueden ser incluso trascendentales. Porque de hecho es esto lo que diferencia al cine de, pongamos por caso, una barraca de feria. El cine, aunque falso e impostado puede decirnos cosas muy hondas y muy complejas y muy reales que tal vez, serían imposibles de transmitir de otra forma. Al fin y al cabo, el cine cuenta con un importante as en la manga, la imagen en movimiento. Un concepto casi fantasmagórico en sus orígenes y un elemento clave aún en estos tiempos de redes sociales y amigos virtuales.

Dicho esto, y admitiendo (que es mucho admitir, soy consciente) que el cine es puro artificio, probablemente no exista un género esencialmente más cinematográfico que el cine musical. Es puro teatro, un imposible en sí mismo. Esto le permite al medio poner todo su arsenal a disposición de un cineasta con intenciones. Una amplia amalgama de recursos para poner en evidencia que el cine, como divertimiento que es, en esencia (y no en evidencia), es un fastuoso abracadabra de consecuencias imprevistas.

De hecho, debe ser por esto que, con frecuencia, algunos de los directores más osados del panorama actual (dentro y fuera del llamado “cine comercial”), se hayan sentido tentados antes o después, por el cine musical. Cineastas como Steven Spielberg (West Side Story, 2021), Guy Maddin (Dracula. Pages From a Virgin´s Diary, 2002), Woody Allen (Todos dicen I Love You, 1996), los hermanos Coen (O Brother!, 2000) o Baz Luhrman (Moulin Rouge, 2001) han coqueteado con el género de una u otra forma. De hecho, hasta el mismísimo Las von Trier, enfant terrible del cine “realista” del que hablábamos líneas arriba, se atrevió con el cine musical con Bailar en la oscuridad (Dancer in the dark, 2000) que, en cierto modo, fue una película que, a su manera, terminó profanando el género a través de sus propios medios. En una cinta que no dejaba de estar filmada con la recurrida cámara al hombro de Trier, la única grúa de la cinta (un movimiento que en el género siempre ha enfatizado sus virtudes cuando no ha revelado el sentido mismo del número musical) se utilizaba en Bailar en la oscuridad en el momento culminante de la película. Cuando Selma (Björk), yacía inerte, colgada de una soga, una vez se había ejecutado su “injusta” pena de muerte. Así adulteró Trier el musical. El género a partir de entonces ya no fue el mismo.

Al mismo tiempo, y esto es importante, el musical es un género que puede subliminar conceptos tan cinematográficos como la abstracción. En ocasiones, el musical no es solo una exhibición de las virtudes de lo que hay de artificial en el cine, sino que también puede servir para proponernos ideas complejas y sensaciones abstractas que habitan dentro de los personajes. El musical como tal, y al mismo tiempo, el cine en sí mismo, como elemento artificial, puede invitarnos a reflexionar sobre cosas que no están ahí, que no estamos viendo en pantalla pero que anidan en el interior de sus historias. Y es por esto que el género musical esté tan vinculado al cine, incluso cuando ha pasado de moda y nadie paga una entrada para ir a verlo, porque se sigue cultivando y si no, que se lo pregunten a Spielberg que se acaba de estrellar (en la taquilla) con su remake de West Side Story.

"Annette" (2021) de Leos Carax, con Adam Driver y Marion Cotillard. Análisis.
Annette (2021)

2. Una historia de amor… impostada

Annette es un musical, tengámoslo claro. Ahora bien, y que esto también quede meridianamente claro. No es un musical al uso. El film de Leos Carax arranca dejando las cosas bien claras desde un principio, para que nadie se llame a engaño. Una voz nos anuncia que “la función” está punto de empezar. Y además lo hace con cierta sorna. Por tanto, no solo adivinamos que lo que vamos a ver es un teatrillo, una mentirijilla, sino que además hay algo de cachondeo en la cuestión y, de hecho, veremos como en efecto, así es. El mismo Carax aparece en pantalla para decirnos, “¿podemos empezar ya?”. Acto seguido, vemos como se prepara un grupo de música para interpretar una canción en un estudio de grabación. Suenan los primeros acordes de So May We Start, el primer tema original del film de Carax compuesto por los Sparks. Escuchamos los primeros acordes al teclado de Ron Mael, para poco después percibir la voz de Russell Mael para entonar So May We Start.

Carax deja claro desde el principio que vamos a ver un espectáculo, con todo lo que de trucado implica. Con este prólogo, el director galo pone en evidencia que la música no suena súbitamente en mitad de la calle, que está grabada en un estudio. Y puede que sea una obviedad, pero cuando se insiste en esto es precisamente porque las intenciones están muy claras en este sentido. Es probable también que de algún modo Carax nos esté queriendo decir que no hay que tomarse las cosas al pie de la letra, que no hay que tomarse el asunto en serio que, al fin y al cabo, es solo una película más, un juego, de hecho, el propio nombre del director es eso, un divertimento, una adivinanza, Leos Carax2. Y si su nombre es un anagrama, ¿que no será un musical dirigido por él?

Annette antes que una idea de Carax, fue un concepto original de los mismos Sparks, no en vano, Ron y Russell Mael firman el guion de la película. Nada más terminar So May We Start, el tema con el que arranca la película, vemos a Henry McHenry3 (Adam Driver) salir a un escenario ataviado como un boxeador. Se supone que es un cómico apodado “El simio de Dios”, pero en realidad no va a hacer reír al público, ni siquiera a nosotros como espectadores. Más bien va a provocarlos, a ellos y a nosotros. Muy propio de Carax.

De forma paralela vemos a Ann Defrasnoux (Marion Cotillard), una cantante en la cúspide de su carrera. Una musa, casi literal, de los escenarios. Ann acaba de iniciar una relación con Henry y siendo ambos carne de escenarios, sus decorados (literales y figurados) son muy distintos. El primero actúa frente un público receptivo pero exigente que le grita o incluso, le canta. Literalmente. En cambio, Ann es una diva, casi etérea de los escenarios. Su presencia más que percibirse se intuye a través de su voz casi prístina que parece poner en contacto al hombre con su creador. De hecho, es posible que hubiera conexiones lógicas entre ellos, pero desde el principio sabemos que están destinados a colisionar. Ella es una divinidad, él un primate, nada menos que el simio de Dios.

Sin embargo, Leos Carax no ha llegado hasta donde ha llegado haciendo precisamente un cine predecible. Además, estamos ante un musical, digamos, singular, de modo que no esperemos un plato fácil, ni sencillo de digerir. De hecho, yo diría que la relación, o más aún, la conexión entre Ann y Henry es un poco extraña ya desde el principio. Desde luego, no desprende el amor ensimismado que se supone debería haber entre ellos, es más, la canción We Love Each Other So Much parece ser casi una mofa a los grandes momentos del cine musical clásico, la declaración o, la manifestación del amor entre sus estrellas. En Annette, Henry y Ann se tiran tres minutos, treinta y dos segundos diciéndose básicamente cuánto se quieren, en un jardín, en la moto, mientras Henry le hace un cunnilingus a Ann… La vena premeditadamente poética parece mezclarse con una singular mofa que de una forma u otra insiste en destilar el film.

De hecho, hay un momento curioso justo antes de We Love Each Other So Much. Henry recoge a Ann ante la expectación de los periodistas. Él llega en moto y sin quitarse el casco le entrega un ramo de flores a su amada. La prensa enloquece. Y entonces ambos se besan. Ese momento, en el que Herny besa a Ann mientras él lleva el casco puesto resulta un tanto singular. Es como si él se protegiera ante la mera presencia de Ann. O mejor aún, es como si Henry tuviera algo de impostado también, de metálico, de robot ante una relación que huele a chamusquina desde el minuto uno. Es un amor ajeno, lejano, casi desubicado, como suele ocurrir en el cine de Carax y si no échenle un vistazo a su filmografía.

"Annette" (2021) de Leos Carax, con Adam Driver y Marion Cotillard. Análisis.
Annette (2021)

3. La razón de Annette

El caso es que, de un modo u otro (en realidad, todos conocemos el modo…), Henry y Ann tendrán una hija, Annette, la niña que da título a la película, y el verdadero quid de la cuestión. En una formidable escena de parto, entre las cantinelas de médicos y matronas, vemos por primera vez a Annette. Al principio, el momento está planificado de forma que solo vemos la silueta de la niña. No nos vamos a engañar, parece un bebé bastante falso, pero estamos en un musical de Leos Carax que además ya nos ha dicho varias veces, estemos listos para cualquier cosa. Es un teatrillo, un teatro de títeres seguramente, como la mismísima Annette. De modo que no hay de qué preocuparse. Y ya verán por qué les digo esto.

La primera vez que la cámara de Carax recoge a Annette en los brazos de su madre, vemos como efectivamente, el bebé, es una marioneta de madera. El falsete de Carax puede que pillara a más de uno fuera de juego, pero semejante decisión tiene todo el sentido del mundo, tanto dentro de la lógica provocadora de Carax como en el mismo contexto de Annette. Hemos insistido al principio en el carácter de vodevil de la cinta de Carax pero quizá no lo hayamos hecho lo suficiente, habida cuenta de que el personaje que da título a la película es, literalmente, un muñeco.

De hecho, Annette a lo largo de todo su metraje parece querer insistir en determinados aspectos, como si Carax no se fiara demasiado de la lucidez del espectador. Es como si su director quisiera subrayar cosas que quizá, en otras circunstancias solo habría sugerido. Pero no, ese no era el momento de Annette. Carax deja claro desde el principio que vamos a ver un espectáculo de cartón piedra. Nos sugiere incluso que nos tomemos las cosas con relativa calma. Vamos, que no hay que ofenderse por nada. O por lo menos, no habría que llegar a tal extremo.

"Annette" (2021) de Leos Carax, con Adam Driver y Marion Cotillard. Análisis.
Annette (2021)

Annette, el muñeco, en la película de Carax no tiene hilos, pero casi se le pueden presuponer. Se parece mucho a la concepción general que todos podríamos tener de Pinocho. Es, en cualquier caso, un muñeco y como tal no tiene vida. Es en todo caso una vida falsa, impostada y más aún, controlada, manipulada por alguien. Annette resulta tener una voz angelical que revoluciona al público. El muñeco, perdón, la niña sigue creciendo y su éxito con ella. Sin embargo, no todo es un camino de rosas. Como un ser inerte que es consecuencia de un amor impávido, su fruto, no puede ser más impostado. Un muñeco. Una vida tan falsa como el amor entre Ann y Henry.

Por si fuera poco, todo en la vida de Henry parece ir a peor. Los escenarios que lo vieron nacer como “El simio de Dios” y que lo vincularon con su actual pareja se vuelven cada vez más complejos y más difíciles. Hay también —o, sobre todo—, en la cinta de Carax, además de un relato sobre una trágica historia de amor, una profunda crítica al mundo del espectáculo, pero, sobre todo, una generación.

Henry esclaviza a su hija (de madera) para convertirla en el fenómeno que él fue y extraer así algo de su energía, de su satisfacción. O quizá para reproducir el acontecimiento que siempre fue Ann y él solo llegó a imitar. Al final, Annette es una historia de aceptación, de engaños, de amor, pero también, la historia de una generación frustrada.

Llegado cierto momento, hacia los últimos compases de la película, Annette se convertirá en carne y hueso. El muñeco que hemos visto cantar y encandilar al público se transformará en un corte de plano en una niña real sospechosamente parecida al muñeco con el que ya nos habíamos familiarizado. Annette (Devyn McDowell) será la única que le ponga a su padre los puntos sobre las íes. “No has sido un buen hombre” le dirá cuando Henry recibe la visita de su hija entre rejas. Porque Carax también hablará de violencia de género, de éxito y de fracaso, de muerte y de amor, aunque a mí me interesa más cómo lo hace que lo que nos quiere decir su director.

4. Un cine que se mira a sí mismo

Más que sus digresiones sobre la fama y el romance (estoy seguro de que hay compañeros en Código Cine que lo harán mucho mejor que yo, ya se lo advertía al principio, de ahí lo de irnos conociendo), a mí lo que me interesan son sus formas que, dicho sea de paso, en Annette son exquisitas. Pero no porque nos hable de este o aquel tema, sino porque nos propone ahondar en la naturaleza misma del relato en función de cómo nos ha sido presentado. En este caso, el musical.

Annette, que puede ser muchas cosas sobre muchos temas (quizá también, con algo de dispersión, todo hay que decirlo) es, para el que esto firma, una asombrosa reflexión sobre la forma misma de contar historias. Sobre ese artificio del que hablábamos al principio. Ese falsete con el que empezó y terminó Carax, Annette, salvo cuando la niña que da título al film se convierte en una persona de carne y hueso. Puede que estos últimos momentos sean los únicos en los que Carax deja de pensar en cómo está diciendo las cosas para centrarse en lo que está diciendo. Como si quisiera dejar un mensaje bien claro al espectador. Como decíamos líneas arriba, quizá para esta película Carax decidió no dar por sentado a un público demasiado receptivo. Y no sería de extrañar, al fin y al cabo, Annette está protagonizada por dos estrellas. Dos estrellas muy particulares, sí, pero dos estrellas de Hollywood al fin y al cabo.

Con frecuencia, a los que nos gusta esto de hablar y escribir sobre cine, parece que nos da un poco de reparo contemplar o incluso mencionar las pretensiones comerciales de una película, y más aún si hablamos de un título como Annette que ha revolucionado todos los festivales por los que ha pasado. Sin embargo, en más ocasiones de las que seguramente nos gustaría aceptar, las aspiraciones comerciales de una película suelen darnos pistas de por dónde van a ir los tiros y sobre todo, cuáles van a ser sus intenciones. Y esto es algo importante, sobre todo en una cinta como Annette, que está protagonizada por dos estrellas de Hollywood como Adam Driver (Star Wars, La casa Gucci…) y Marion Cotillard (Assassin´s Creed, Origen…). Este tipo de elecciones no se hacen al azar, sobre todo cuando estamos hablando de los rostros que van a ponerle cara a nuestra historia. Y esto Carax lo tenía muy claro.

Driver, además de ser un excelente actor que, será cuestión de tiempo, se llevara uno y dos Oscar, es un intérprete que siempre ha resultado un tanto turbio. Tal vez inseguro, pero inquietante en todo caso. Tal vez por esto fue la mejor (y más arriesgada) elección del casting de Star Wars: El despertar de la fuerza (Star Wars: Episode VII - The Force Awakens, J. J. Abrams, 2015). Por su parte, Cotillard siempre me ha parecido una actriz muy frágil, casi de porcelana, tal vez por esos inmensos ojos verdes que parecen abrirnos su alma sin demasiadas cortapisas.

Tengo la sensación de que Carax, no solo quería atraer a más público del habitual con estos actores. Tal vez el director de Holy Motors (2012) quería decirnos con esto, que todo ese falsete, que todo ese circo del que nos ha venido hablando desde el principio, es también una consecuencia de lo que estamos viendo en pantalla. Al fin y al cabo, Driver y Cotillard son solo eso, un semáforo al que mirar cuando una película está en cartelera. Driver, a su modo, es en realidad un “simio de Dios” y Cotillard no debe esforzarse mucho para lucir como una diva. Creo que en el fondo Carax no buscó a actores sino a alter egos de los conceptos que buscaba. Es probable que por esto el director galo decidiera prescindir de su habitual personaje Alex4 para encontrarse en Annette con Henry McHenry, una redundancia como en el fondo es toda la película. Una vuelta de hoja al mismo concepto una y otra vez de principio a fin. El cine es puro artificio. Un artificio poético, maravilloso, estético y artístico pero señores, no nos engañemos, puro artificio.

Referencias

[1] Aquí, tal vez, deberíamos excluir determinadas propuestas del conocido movimiento Dogma (y no todas) que, no obstante, hemos podido comprobar, se quedó más en un estimulante y muy interesante experimento que en una propuesta de una forma de hacer y concebir el cine.
[2] Su auténtico nombre es Alexandre Cristoph Dupont.
[3] Otro chiste encubierto en Annette, el nombre del protagonista de la historia.
[4] En la mayoría de las películas de Leos Carax el personaje principal suele llamarse Alex.

Ramón Monedero (1976) periodista y crítico de cine. Autor del libro M. Night Shyamalan. En ocasiones veo muertos (Encuentro, 2012) y co-coordinador del libro Lovecraft. La alargada sombra del tentáculo (Rosetta, 2017). Ha colaborado en diversas publicaciones sobre cine tales como las revistas Scifiworld o Imágenes de actualidad o en las webs Miradas de cine o Cinearchivo. Ademas ha colaborado en diferentes libros colectivos como Las miradad de la noche. Cine y vampirismo (2005), Miradas para un nuevo milenio. Fragmentos para una futura historia del cine español (2006), Cien miradas de cine (2008), John Carpenter. Ultimátum a la Tierra (2013), Cine XXI. Directores y direcciones (2013), Cine fantástico y de terror español (2015-2016) y Shyamalan. El cineasta de cristal (2018).

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