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"Mala sangre" de Leos Carax, el cine francés más decadente

Mala Sangre (Mauvais sang, 1986) supone el segundo largometraje de una fecunda filmografía del cineasta francés Leos Carax. Considerado por algunos como una especie de heredero del mismísimo Jean Luc Godard, su cine se caracteriza por emplear el amor como detonante de la narración. El melodrama, género paraguas por excelencia, se presenta en el cine del francés como elemento que moldea y esculpe todas y cada una de las sus narraciones; romances, por norma general, imposibles y que condenan al fracaso, al dolor e, incluso en su forma más fatal, a la muerte de alguno de los personajes protagonistas. Sin la intención de hacer un spoiler nada más comenzar este breve estudio, sí que cabe señalar que uno de los ejes argumentales que vertebran Mala Sangre coincide exactamente con una de las variables ahí expuestas.

Nominada y ganadora de varios galardones el año de su estreno —entre los que cabe destacar el Alfred Bauer del Festival Internacional de Berlín y el premio Louis Delluc1—, Mala Sangre cuenta la historia de una pareja de ladrones veteranos —Marc (Michel Piccoli) y Hans (Hans Meyer)— que debe una enorme cantidad de dinero a un prestamista estadounidense —Carol (Carroll Brooks)—. No alcanzan a realizar el pago, por lo que la representante del americano resuelve en dar dos semanas más de plazo para saldar la deuda. En este problemático contexto, la pareja protagonista decide reclutar al hijo de un antiguo socio —Jean (Philippe Fretun)—, recientemente fallecido, que colaboró con ellos en ciertos golpes realizados en el pasado. Dicho varón, un joven de dieciséis años, al que apodan “El mago”, parece haber heredado ciertas artes para el engaño que se le presuponen también al padre. El motivo de su sobrenombre se debe a la habilidad sobrenatural con la que es capaz de mover su manos, bien para timar a los viandantes en el juego del trilero, bien para noquear a sus enemigos en el arte del boxeo.

Alex (Denis Lavant) decide unirse a los amigos de su padre para huir de una realidad que lo ahoga y, así, explorar nuevos horizontes. Sin embargo, antes debe abandonar a la única mujer que parece amarlo: Lise (Julie Delpy). Este nuevo proyecto de robo, en concreto, tiene como objetivo un lote de vacunas contra una especie de variante del sida o, tal y como en la película es denominada, la enfermedad de los que “practican el amor sin amor”. Su intención consiste en vender estos recién descubiertos antídotos y entregar el dinero extraído en la operación al prestamista norteamericano. Entretanto, Alex no puede evitar enamorarse de Anna (Juliette Binoche), la joven amante del viejo Marc. A pesar de estar muy cerca en lo que a la edad se refiere y de conectar rápidamente, Anna sigue prefiriendo a su veterano amor, por lo que Alex se siente obviamente rechazado.

Finalmente llega el día del golpe y, aunque todo había sido debidamente planeado con anterioridad y con la meticulosidad de los veteranos ladrones, algo sale mal: tras robar el lote, Alex es traicionado por un amigo y atrapado en el acto. Logra escapar con un rehén pero, al reunirse con Marc y Hans, ciertos secuaces del misterioso estadounidense aparecen para hacerse con el ingente botín y disparan al joven protagonista en el vientre. Alex trata de ocultar la herida, activan el plan de huida tomando un vuelo hacia Suiza, donde aterrizarían en paracaídas. No obstante, todo queda en el plano de lo hipotético pues Alex fallece desangrado durante el vuelo.

Una luz que parpadea. Cine negro, sombra tenue

Todo un mundo de luces parpadeantes y densas tinieblas sirven para envolver una historia que cuenta la huida hacia la perdición de un joven enamorado y no correspondido. Mala Sangremuestra y emplea todos y cada uno de los rasgos que caracterizan al cine noir más clásico. No obstante, este género cinematográfico no es sino una excusa, un McGuffin, que pretende únicamente envolver un romance entre dos jóvenes.

La historia arranca como a todo género negro le corresponde: una muerte y la sombra de una duda. Jean, el padre de Alex, fallece en una estación de tren de París. Sin embargo, no queda claro si todo se trata de un suicidio o la muerte ha sido un ajuste de cuentas en forma de accidente. Marc y Hans sospechan que Jean fue empujado a las vías por uno de los sicarios de Carol, una misteriosa mujer estadounidense a la que deben dinero. Al parecer, un tercero en discordia —Michael— huyó con el botín de un golpe recientemente ejecutado, dejando a sus compañeros con una gran deuda que saldar. Como medida de presión, Carol concreta un ultimátum de dos semanas para que la pareja de ladrones le pague todo lo que le deben.

Esta pareja de hombres se muestra completamente asustados, atemorizados, fracturados y descompuestos. La sombra de femme fatale se cierne sobre ellos, y temen que les sucederá lo mismo que le ocurrió a Jean, a pesar de que Carol defienda que ella no lo hizo. Carax nos presenta al dúo ladrón a través de un collage de planos cortos que muestran partes de sus respectivos cuerpos y rostros, dando muestra de la descomposición emocional que están sufriendo. De hecho, las ropas de ambos hombres encajan cromática y formalmente con la composición decorativa de las tapias, y sirve para comprender a nivel plástico el estado emocional de los personajes, que cobra vital importancia, pues los acompañará a lo largo de toda la narración: un juego de mosaicos en la mitad inferior de la pared compuesto de minúsculos pedazos, significando el estado anímico de los ladrones; y una marea de nubes abstractas, grises y oscuras, a modo de metáfora, que presagia el tenebroso temporal que se cierne sobre ellos.

Ni un solo plano general que contextualice la secuencia es otorgado por el director galo, provocando un efecto de confusión, por un lado, y de agobio, por el otro. La pareja de personajes está encerrada, encarcelada, tanto por el encuadre en primer plano que los limita formalmente, como por la situación de amenaza de muerte que los atrapa a nivel narrativo. Esa descarada ausencia de plano general no quiere decir sino una cosa: están perdidos, descolocados y fuera de situación. El director no ofrece el alivio de conocer dónde están, de saber las coordenadas espaciales de la casa que habitan.

El golpe contra la empresa farmacéutica que ha desarrollado la vacuna que cura a los que “han practicado el amor sin estar enamorados” era, al parecer, un proyecto que Hans y Marc tenían entre manos; y nunca mejor dicho, porque las manos y la habilidad en el manejo de estas son clave para realizar el atraco. Sin embargo, el experto en tal materia era el fallecido Jean. Por ello resuelven que, tal vez, su hijo Alex sea el candidato más adecuado para realizar la tarea de su padre. Un Alex al que de pequeño apodaban lengua rápida, irónicamente, porque pensaban que jamás hablaría; incluso su, también fallecida madre, Valerie sospechaba que su hijo pudiera ser mudo de nacimiento. En cualquier caso, este joven protagonista heredó el don de su padre pues, entre otras cosas, se dedica a hacer de trilero por las calles de París, dando carne al clásico arquetipo de truhan de ciudad al estilo de Oliver Twist o Lazarillo de Tormes.

Alex es presentado en un entorno amigable y pacífico que sigue dando fuerza a la identificación del cine negro en los entresijos narrativos de la pieza audiovisual: el bosque. Este hecho contrasta, además, con un dato que lanza Carol, cuando se queja ante Hans del “calor insoportable que reina en París”. Volviendo a Alex, el joven protagonista se halla junto con su novia bajo la copa de un árbol, fumando y, aunque sea irónico, respirando en paz. La obra lo muestra empequeñecido, dominado por la flora que ocupa todo el encuadre. Si bien en la ciudad se comentan los crímenes, los robos, los asesinatos y los ultimátum, fuera de ella los personajes pueden descansar, amar, pasear, hablar y disfrutar de la vida: la arquetípica vida del buen salvaje rousseauniano. Incluso la habitación de Alex puede considerarse una especie de refugio de la naturaleza dentro del espacio urbano. Por un lado, porque es la capital del amor que comparte con Lise; por el otro, porque todo el hogar está decorado con motivos florales —enredaderas, para ser más concretos— que han logrado acceder y conquistar una pequeña parte de la jungla urbana; y, por último, porque las vistas desde el balcón acceden únicamente a la copa de un gran árbol que ocupa todo el marco de visibilidad.

La ciudad se convierte, así, en esa tierra salvaje en la que rige el todos contra todos, en ese lugar cubierto de sombras, amenazas y muerte. La naturaleza más oscura del ser humano es trasladada a la urbe, mientras que décadas atrás se hallaba más allá de la frontera, encarnada por los indios. Ahora, son los gánsteres, los mafiosos y/o los policías corruptos quienes representan lo peor del ser humano, su faceta más cruel.

Un golpe, un botín, una traición, un “suicidio”, una deuda, dos ladrones, una amenaza de muerte, una femme fatale, una gran ciudad, la violencia, muchos cigarros y todavía más humo son los ingredientes de una receta que comienza como un homenaje al clásico noir francés y acaba siendo un romance entre adolescentes.

La “mala sangre” de los enfants terribles: Arthur Rimbaud y Leos Carax

La obra comparte código génico y genético con el poema homónimo del que toma prestado el título “Mala Sangre”, del poeta simbolista Arthur Rimbaud. A pesar de que, a primera vista, las obras comparten nombre y nada más, poniendo el foco en cada uno de los autores y en ciertos avatares que configuraron sus procesos creativos, pueden hallarse ciertas concomitancias entre ambas piezas artísticas, separadas por casi cien años de diferencia en lo cronológico y, al mismo tiempo, cercanas respecto a los temas, ideas y mecanismos generadores de sentido que actúan en cada narración.

Ambos considerados “autores malditos” en distintas disciplinas artísticas, la puesta en valor de sus respectivas obras va a contracorriente y necesita tiempo para ser bien analizadas y estudiadas. En el caso de Rimbaud, fue tras su muerte cuando se encontraron más de cien copias de su, hoy más que conocido, poema en prosa Una temporada en el infierno fechado en 1873. Rimbaud tenía menos de 19 años cuando escribió los versos del capítulo segundo que da título al filme que aquí nos ocupa; es decir, compartía la misma fase vital, así como la edad, del joven y vitalista Alex. Además, el joven protagonista de la obra es retratado como un ávido lector, en mitad de una gran biblioteca que se extiende del suelo al techo, y que configura básicamente su hogar. Alex es un personaje solitario, difícilmente accesible y no menos fácil de comprender; con propensión por la violencia y desatado en las pasiones. Esto es un compendio de rasgos románticos que nada se alejan del carácter documentado del joven Arthur Rimbaud.

Sumado a que cabe añadir que el polémico escritor francés viajó a lo largo y ancho del mundo, viviendo varios años en lugares como Londres, Yemen o Chipre, para fallecer de vuelta en su Francia natal; esencia aventurera, intrépida y valiente que hereda el adolescente Alex, capaz de saltar en paracaídas sin la ayuda de nadie, y con el claro objetivo de empezar de cero en otro lugar, lejos de su hogar. 

Y la juventud es también algo que destaca en el autor empírico del filme, pues Carax contaba únicamente 26 primaveras cuando estrenó su obra. Asimismo, el cine del francés destaca, por encima de todo, por haber pasado “desapercibido” en comparación con las carreras de otros cineastas contemporáneos y de origen galo. Entre otras cosas, tanto críticos literarios del siglo XIX como cinematográficos de nuestro tiempo, han coincido en tildar tanto a un autor como al otro, respectivamente y cada uno en su contexto y época, de “enfant terrible”: el carácter brillante, transgresor, precoz y rebelde de ambos artistas dan fe y crédito a la etiqueta sabiamente impuesta por la crítica.  

Por algo la obra de Carax está ambientada en París, pero en una realidad paralela, en una época desconocida, alejada de cualquier presente palpable y contrastable. París, única y última ciudad imperio del decadentismo que caracterizó toda la obra de Arthur Rimbaud, y su amante Paul Verlaine, primer espada de un género literario que definió como un arte que arremete contra la moral y las costumbres burguesas, que busca y persigue la evasión de la realidad cotidiana, exalta el heroísmo individual y desdichado y explora las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente. Todo ello, fusionado con la firma artística de un Leos Carax que no logra huir de la temática que abre y cierra toda su obra. Desde su ópera prima Chico conoce chica (Boy meets girl, 1983) a Annette (2021) el amor es ese gran tema universal que vertebra, acciona, desencadena y moldea toda una serie de acontecimientos narrativos. En cualquier caso, todos y cada uno de los rasgos que definen el decadentismo pueden hallarse, de manera más que evidente, en la Mala Sangre que circula entre las arterias narrativas de la obra de Leos Carax, permitiéndonos incluso considerarle, si no un decadentista declarado, al menos sí un simpatizante del movimiento, aunque sea de manera inconsciente.

Para Arthur Rimbaud, “el poeta se hace vidente mediante un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos"2. Se trata de “registrar lo inefable” y para ello “es precisa una alquimia verbal que, nacida de una alucinación de los sentidos, se exprese como alucinación de las palabras"3. Dicho de otra manera, el autor debe sentir, analizar y conocer su interior. Hecho esto, su arte será simplemente un ajuste materializado de esos sentimientos exteriorizados de la manera más directa posible; con el mínimo de modificaciones, de retoques, de pulimiento. Un ejercicio muy cercano a la escritura mecánica tan dada en el surrealismo. Ciertas pinceladas de este tipo pueden concebirse en los desajustes sincrónicos que se dan entre el sonido y la imagen de la cinta de Carax. Muy cercano al estilo de Godard, con el que pretendía romper el montaje invisible del clásico hollywoodiense.

Aquí puede equipararse ese estilo asincrónico entre audio y vídeo de carácter onírico a la frase de Rimbaud, con la que pretendía resumir el proceso creativo que debe seguir un artista. De hecho, la ruptura entre Alex y Lise se muestra siguiendo este patrón artístico. Tal y como corresponde a los mecanismos de inconsciencia a los que aludía el poeta, la imagen llega por un lado, los sonidos, por el otro, y no deben ni tienen por qué coincidir, pues aquello que decide recordar la mente es algo que escapa al control del yo consciente. Así, el desequilibrio romántico que vive la pareja es traducido cinematográficamente a través del desajuste entre el enunciado sonoro y el visual. Lise ama a Alex; sin embargo, él no comparte un sentimiento tan profundo hacia ella. Formalmente, Alex mira en dirección a Lise, que marcha de la casa de su amor tras descubrir que le han abandonado. Cuando parece que van a encontrarse, se nos muestra que Alex se ha escondido, cobardemente, detrás de un coche.

Si bien la puesta en escena concluye con Lise saliendo por la derecha, alejándose de un Alex que está evitando verla, todo lo contrario ocurre con el enamoramiento a primera vista que sufre el joven protagonista con Anna. Al subirse al autobús que lo lleva a las calles donde ejerce de trilero, la sombra de una atracción emerge de la oscuridad, para atrapar a Alex en el misterio del amor. No logrará ver de forma nítida el rostro de Anna, metáfora inequívoca del amor inalcanzable, indefinible y platónico que padecerá con ella. Primero, la silueta a contraluz de la mujer atravesará el encuadre tiñendo todo de negro; tras esto, y desde el plano subjetivo de Alex, se sentará en diagonal a él, de manera que las formas del autobús tapen su rostro. El enamoramiento brota y una sucesión de planos expresan la volatilidad de la inmediata idealización que Alex parece estar realizando en torno a la mujer de las sombras. El automatismo del inconsciente retrata una serie de primeros planos en los que el rostro de Anna es indescifrable; a pesar de que no forman parte del plano subjetivo antes ofrecido por Carax, todos parten del punto de vista de Alex, de su imaginación y de los efectos emocionales que está viviendo. El perfil de Anna a través del reflejo de un retrovisor, seguido de otro proveniente de un espejo superior del transporte se complementa con un corte directo a zoom in que no significa otra cosa que el irrefrenable deseo inconsciente de Alex por acercarse a la mujer a la que observa, al ideal de mujer que su hiperactiva imaginación está haciendo de ella. Recordemos: es su reflejo y no la imagen real de lo que Alex se está quedando prendado.

Esa imagen fantasmal parece devolverle las furtivas miradas en dos ocasiones. Primero, al levantar la vista y componer el retrato de una mujer cuyo rostro queda dividido horizontalmente por una línea en diagonal descendente, habla por sí sola del carácter quebrado del personaje de Anna. Seguidamente, otra vez su rostro, esta vez desdibujado e indefinido por culpa del cristal semitransparente del autobús en el que circulan. En ambos casos, la idea es la misma: la vaga figura de una cara imbuida en las sombras se convierte, de algún modo, en el ideal del amor de un joven atormentado. Todo lo contrario al rechazo que siente hacia Lise que, a su vez, es el ser luminoso por excelencia dentro del filme.

Pelicula "Mala sangre" de Leos Carax

No obstante, ese juego de miradas que parecer componer el montaje de Carax se comprende como alucinación romántica de Alex, pues al bajarse del autobús espera quieto delante de la ventana de Anna, aguardando el momento de la despedida de un romance “compartido” y vivido desde la perspectiva del joven. Todo se tambalea ante la indiferencia con la que obsequia la mujer al protagonista, derrumbando cualquier atisbo de atención que haya podido haber transmitido hacia el muchacho. El autobús marcha y sale, paradójicamente, por el lado izquierdo del encuadre, exactamente el contrario al que daba salida a Lise en la secuencia de la ruptura.

Cabe destacar aquí el juego de oposiciones compuestas de manera magistral por el precoz Carax, para dibujar las características narrativas y formales existentes entre ambas mujeres. Lise es la contraparte temática de todo lo que representa Anna; así pues, la adolescente brilla en la misma medida que su semejante tenebrosa absorbe luminosidad. Si bien Lise está interpretada por una joven de largos cabellos rubios, de tez pálida y ojos claros, Anna adoptará la forma de una mujer algo más mayor, de pelo corto negro e iris tan negros como el aura que la rodea. Si Anna vive rodeada de tinieblas, está quebrada y mostrada formalmente de forma indefinida, Lise es situada por primera vez lejos de la ciudad y del gentío, en pleno bosque, en calma y libertad. Además, no hay artilugios que ensucien su rostro; esto es, la primera imagen que recibimos de Lise es un claro, limpio y transparente primer plano de su clara.

Sin embargo, existe un detalle narrativo que sirve para comprender los avatares que marcarán el amor que siente Alex hacia una y otra mujer. La escena que nos da a conocer a Lise contrasta en todo lo que nos ha mostrado la presentación de Anna. Aparte de lo citado respecto a la forma de filmación y contextualización que define a cada mujer, hay que señalar que en la escena del autobús Alex lucha infatigablemente por ejercer contacto visual con Anna, tratando de esquivar las formas que se interponen entre él y la mirada de ella. Sin embargo, en la secuencia con Lise, nada ni nadie impide a Alex mirarla a los ojos y devolverle la mirada a una joven claramente enamorada de él; nada, excepto el inconsciente rechazo irracional que siente hacia ella. Completamente distraído y abstraído en su propio mundo, no presta ni un mínimo de atención a la situación de amor que deberían estar compartiendo. Casi que podría considerarse que está malhumorado e incómodo. La secuencia narra el final de la cita, dejando fuera del relato el génesis y el durante de la misma: “Lise, tenemos que irnos”, será lo que él diga. A lo que ella espetará: “¿Ya? ¿Por qué?, pero no habrá respuesta. Como lo dicho, todo lo contrario a lo narrado con Anna.

Las alucinaciones provocadas por el platónico y desdichado romance entre Alex y Anna volverán al final de la obra, cuando este, en su lecho de muerte, comience a ser asaltado por una serie de memorias visuales cuyo control escapa a sus rápidas manos. Observará, de manera asincrónica entre lo visual y lo sonoro, memorias de sus momentos con Lise, al tiempo que una Anna que ríe y llora al mismo tiempo, incapaz de dominar sus emociones ante la situación de la que es testigo; pero a la que, sin embargo, no oímos. Quepa señalar que tal vez sean estas dos secuencias de apertura y clausura de los amores de Alex los más interesantes, atractivos y llamativos de la cinta; pues son las que dan sentido real a una historia que, de no haber amor, sería una cinta de genero noir más, y que, sin ellas, el decadentismo francés no habría sabido ser traducido al lenguaje cinematográfico contemporáneo.

Y siguiendo con la serie de rasgos que caracterizan al decadentismo, hay que destacar el detonante con el que arranca la trama personal de Alex y que coincide, al tiempo, con una de las constantes de la temática decadente: la huida y evasión de la realidad. El protagonista anhela escapar de París y, según sus palabras, huir al mar. Sin embargo, su destino es incierto y misterioso. En cualquier caso, para alcanzar su objetivo debe, primeramente, cometer un acto que atenta, inapelablemente, contra la moral burguesa impuesta en la sociedad del siglo XX. Rimando con otra constante decadentista, Alex es reclutado por Hans para cometer el atraco con sus propias manos. Es decir, un atentado contra la propiedad privada, en este caso, contra la industria farmacéutica. Esto es, un sector económico con una escala de grises respecto a los conceptos morales en los que el cine negro siempre ha querido ahondar. Y, además, no hay que olvidar que Hans, por mucha lástima que pueda transmitir al ser uno de los personajes en los que se focaliza el relato, no tiene escrúpulos a la hora de seducir e inducir a un menor de edad para que cometa un crimen; acto que, más tarde, pagará con su propia vida.

Y he ahí, el siguiente eje temático que el noir y el decadentismo parecen compartir en cierto sentido. La suerte adversa con la que el destino no repara en castigar a una criatura de 16 años. Primeramente, porque Alex es huérfano y debe hacer frente a todas y cada una de las adversidades de la vida solo. Por este motivo, el segundo elemento que hay que destacar dentro de la decoración de su hogar son las pesas y las anillas colgadas del techo con las que ejercita su cuerpo. Y, desde una perspectiva metafórica, la cinta nos muestra a Alex golpeando al aire, cual boxeador que lucha contra un enemigo invisible. En un combate que no puede vencer, el protagonista de Mala Sangre es ese héroe desdichado cuyo final no puede ser otro sino la muerte y, además, rechazado en el amor.

Finalmente, durante la secuencia en la que muere, Alex comienza a visionar una sucesión de alucinaciones provocadas por el desangramiento. Estas imágenes que chocan con la realidad son una exploración de las regiones más extremas de la sensibilidad y del inconsciente del protagonista. Si bien Rimbaud se valía del opio, el hachís, el láudano o la absenta para sumergirse en estas regiones de la mente, una situación de estrés provocada por la cercanía de la muerte, combinada con una pérdida sustancial de sangre también pueden ser inductoras de tal estado de ánimo. Tal y como se ha dicho más arriba, es el amor, y no el atraco, lo que dignifica artísticamente esta cinta de Carax, en particular, y toda su obra, en general.

Tomando prestadas ciertas características que los narradores franceses del siglo XIX ya fueron explorando en sus respectivas historias, este largometraje encierra una suerte de combinación entre género negro y un fuerte rechazo al romanticismo, muy cercano a la esencia de los decadentes hoy en día, puede decirse, tan víctimas del olvido y de la amnesia. Uno puede apreciar ciertos pasajes artísticos de los versos de Rimbaud en la materialidad cinematográfica que recrea la marcha de Alex al otro mundo. Tal y como se lo mostró al comienzo de la cinta, un cierre simétrico lo devuelve a un paraje alejado del espacio urbano; nacimiento y muerte son situados en un lugar común. La metáfora se completa, así como la rima entre inicio y final.

En las azules tardes de verano, deambularé por los senderos
herido por el trigo, pisando la fina hierba:
soñador, sentiré el frescor en mis pies,
dejando que el viento acaricie mi desnuda cabeza.

Enmudeceré y mis pensamientos se desvanecerán:
Pero el infinito amor permanecerá en mi alma,
e iré lejos, muy lejos, bohemio y pensativo
por la naturaleza - dichoso como una dama
4.

Arthur Rimbaud.

Referencias

[1] El premio Louis Delluc es un galardón cinematográfico francés, otorgado anualmente por un jurado compuesto por veinte críticos de cine y cineastas de Francia, al mejor filme francés del año. Lleva su nombre en homenaje a Louis Delluc, primer periodista francés especializado en cine, y fundador de los llamados Cineclub.
[2] Citado en BORGES, E. (2009, 5 de marzo). La materia poética de Arthur Rimbaud. En Rebelión. Recuperado de: https://rebelion.org/la-materia-poetica-de-arthur-rimbaud/
[3] Idem.
[4] Citado en Arthurd Rimbaud, obra representativa del poeta maldito. (2021, 20 de octubre). Recuperado de https://www.telediario.mx/tendencias/arthurd-rimbaud-obra-representativa-del-poeta-maldito

Hermeneuta de cine, amante del séptimo arte y amigo de las buenas intenciones. Entretener y aprender es la meta de las grandes historias.

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