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Existir en la mirada del Otro: para una fenomenología del reconocimiento en "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax

"Todos nos parecemos a la imagen que tienen de nosotros”.
Jorge Luis Borges, “El indigno”, El informe de Brodie.

“Esse est percipi”.
George Berkeley, Principles.

Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991)
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Breves títulos de crédito. Una cámara en primera persona (mirada-coche) se introduce en la madrugada de un túnel parisino. Título del filme. Vuelta de nuevo al metraje: la mirada-coche sale del túnel, y abandonando los márgenes del Sena, entra en la ciudad. Calles vacías. Veloz conducción. De repente, un hombre desarrapado serpenteando en medio de la calzada se cruza fugazmente en la trayectoria. Mera fantasmagoría esquivada por la mirada. La cámara continúa impertérrita, empleada en su celeridad. Cuando, inmediatamente, una nueva figura habrá de ser esquivada: una mujer de mirada perdida que, portando una carpeta de dibujos, sale también a la calzada, ahora acaso menos lejos de un paso de peatones. Nueva mirada-coche. En su momentum definitivo, esta mirada supuestamente civilizada no alcanza ya a distinguirle a él, yaciente desesperado en el asfalto: le pasa por encima como si no estuviese enfrente. Como si ni siquiera estuviese. Sólo la mujer le observa yaciente, y le salva por momentos de su inminente desaparición…

Con dicha magnífica escena de arranque de Los amantes del Pont-Neuf (Les amants du Pont-Neuf, 1991) el director francés Leos Carax establecía de manera programática los márgenes de todo un discurso fenomenológico. Eso que en un cine técnico-comercial podría haber sido el solo volumen descriptivo de alguna trayectoria-mirada posible, consigue aquí enlazar de manera discursiva desde el primer minuto a los principales protagonistas en su deambulación por la noche de la existencia: ella, Michèle (Juliette Binoche), una futura sombra que todavía no ha atravesado completamente los márgenes de la civilización; él, Alex (Dennis Lavant), una sombra ya plena que se arrastra de manera ciega y abandonada por un más allá de la misma. Ambos viandantes están alejados el uno del otro, pero la magia del raccord ha anunciado su futuro acercamiento. El pulso del montaje ha venido a descubrir una poética que transciende la simple acumulación informativa. Con este corte, Carax no busca meramente explicar la razón de por qué él (Alex) camine escayolado con el pie fracturado en los primeros segmentos del largometraje, sino que, más allá, mostrará la existencia en paralelo de dos realidades inconciliables condenadas a ignorarse —a saber, la “mirada-civilización” y la “sombra”—, y a ella (Michèle) como el  punto transitorio de enlace y de fuga. Posiblemente uno de los más bellos romances nunca filmados, la cinta de Leos Carax nos introduce y nos obliga a mirar en ese ángulo donde nuestra mirada nunca reparaba, para descubrir en definitiva que también allí hay objetos que nos ignoraban.

El tercer filme de Leos Carax tras Mala sangre (Mauvais sang, 1986), Chico conoce chica (Boy Meets Girl, 1984) y el corto Strangulation Blues (Strangulation Blues, 1980), es en realidad un enigmático tratado filosófico sobre la presencia y la existencia. Alex es un conocido indigente en el círculo de los servicios sociales (esa bisagra desesperada entre los círculos del infierno) a quien tras el accidente le falta el tiempo para volver a la extraña seguridad existencial de su Pont-Neuf. Michèle había sido hasta ahora una artista de clase media acomodada hija de un coronel del aire, que por una maldita circunstancia sufre ahora pérdida repentina de visión. Ambos se sitúan en efecto en los dos extremos de un mismo recorrido: él, como aquel mismo Alex desclasado que Carax nos presentaba en la mencionada Chico conoce chica, ahora ya años después en su límite nihilista de resolución; ella, que en la imposibilidad de pintar, de mirar, y por tanto de ser vista y de ser, comienza a presentir la amenazante eclosión de la nada. Olvidada al fin por su anterior amante Julien (Chrichan Larsson), se arroja a la calle con la sola posesión de sus últimos apuntes, y el revolver de su padre como última palabra. Aquella mañana tras el accidente de Alex, Michèle amanece también en las obras del Pont-Neuf, pero usurpando el lugar de otros indigentes de la mirada que no la aceptan como a uno de los suyos: “Desaparece y no vuelvas a aparecer por aquí jamás, jamás” le espeta Hans (Klaus-Michael Grüber). Si existir es, como dirán las filosofías de la existencia, aparecer para otro, tampoco en el Pont-Neuf tiene Michèle derecho a darse.

Michèle, por tanto, se mueve en el peligroso límite de la no existencia por el no-reconocimiento. Desde su diagnóstico y correspondiente rechazo por Julien, ella ha comenzado a dejar de ser. Si no es para otro, no es para nada. Hasta que Alex observa subrepticiamente su carpeta, y comprueba en uno de sus retratos cómo aquella noche de encuentro, cuando él todavía no era nadie para nadie, ella sin embargo sí le vio. A partir de ese momento se establece una cuidada relación entre Michèle y Alex en la forma de un amor todavía no confeso, en la que ambos descubrirán que nunca habían dejado de ser. Un justo resucitar. Se abre por fin un horizonte de esperanza, explicitado por Michèle la noche de las celebraciones del 14 de Julio en el reparto con Alex de las detonaciones del revólver: “7 balas para mí, 7 balas para ti, y una para el futuro”.

Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991)
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

La declaración del amor del filme, por tanto, no puede llegar en la forma de una mera afirmación de la subjetividad amante, sino más bien con la voz quebrada de una existencia dudada para sí: “Alguien os ama. Si amáis a alguien, mañana le decís: «hoy el cielo está blanco». Si soy yo, respondo: «pero las nubes son negras». Así se sabrá que se ama”, le deja escrito Alex a Michèle en una carta anónima mientras duerme. No puede haber aquí un amante seguro de sí que asimila a su objeto de deseo como un futuro complemento de su propia esencia. Lo que se da, más bien, es el limpio encuentro de dos presencias invisibilizadas en el vacío originario de la significación. “El cielo está azul”, dice más adelante ex nihilo Michèle. Alex se le acerca entonces y contesta: “Pero las nubes son grises”. A partir de ese momento, no son dos como uno, no son una pareja, sino por fin y más allá de todo eso, dos unos que se miran y se encuentran, y que en la mutualidad se salvan de la desaparición. En un mundo afirmado en la creencia de que “el amor necesita dormitorios, no corrientes de aire” (palabras de Hans), tanto Alex como Michèle reconstruyen su propia presencia desde la fresca brisa de la mirada del otro.

Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991)
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Pero —y por su propia definición— esa ganada configuración del sí nunca es fija, siempre es líquida y frágil. Se pone en riesgo siempre que interfiere una tercera percepción. Es lo que Carax revela continuamente con el personaje de Hans, el antiguo velador de fábricas, fincas, faros, cementerios… y también de museos. Por mediación de éste y bajo la promesa de volver a su vida anterior (“Esta vida en la calle es sólo para mí, para Alex, es una vida imposible para ti. Tú… ¡debes irte! Y después ¡vivir!”), una noche Michèle consigue introducirse en el Louvre para un último juego de miradas. Y allí, será ahora observada por otros personajes más insignes que Alex (magnífica aquí la decisión de Carax de invocar el auto-retrato de Rembrandt), y cuya paciente atención la devolverá por momentos a una Edad de Oro mejor. “¿Michèle?… ¿Dónde estás?” empieza a preguntarse Alex de manera repetida y desesperada. Filmado en la forma paradójica de un plano medio fuera de plano en el que la acción queda oculta por uno de los agentes —como si el director quisiera incluirnos excluyéndonos al mismo tiempo— Michèle se entrega fugazmente a Hans. Ha entrado en peligro la comunión a dos.

Autorretrato de Rembrandt (1660)
Rembrandt's Self Portrait at the Easel (1660)
Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991)
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Por eso que, cuando el pasado se impone de nuevo y amenaza con salvar a Michèle de su ceguera (“Michèle Stalens, 24 años, 1,67 de estatura, pelo castaño oscuro desconoce que puede recuperar la vista gracias a una nueva operación del Prof. Destouches. Si ven a una joven cuya descripción responda…” reza la radio), Alex hace todo lo posible por evitar que eso suceda. Ella le había pedido, cuando por fin llegara la oscuridad, ser su “bastón de ciego, la barandilla de las escaleras”, su “perro guía”: “No pienso dejarte ni a sol ni a sombra, y el día que ya no vea nada, sabes que no falta mucho tiempo, tú serás mi última imagen y después mis ojos para siempre. […] ¿Sabes? Casi tengo ganas de vivir en la oscuridad, la oscuridad. Porque hoy las cosas y la gente no son más que llamas imprecisas que se agitan ante mis ojos….”. Pero la repentina llamada de salvación/retorno al orden de Michèle (“¡Mis ojos”!) significa al mismo tiempo para Alex su irremediable desaparición. Alex, muerto de miedo, se encomendará a borrar toda pasarela posible entre Michèle y su pasado, aunque eso signifique la muerte accidental de otros viandantes. Todo esfuerzo será en vano, empero, y Michèle se devolverá a sí misma a la dimensión-civilización.

Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991), Denis Lavant.
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

“Alex, no te he querido de verdad. Olvídame”, le deja escrito Michèle a Alex antes de desaparecer en una nota al comienzo del último tramo del metraje. “No hay nadie que pueda enseñarme a olvidar”, se declara Alex mientras se dispara en la mano aquella última bala que Michèle dejó en la recámara dedicada al futuro. Pero parece que la civilización sólo se acuerda de uno cuando toca castigarlo, y Alex es detenido y condenado a tres años de cárcel por aquel acto de desesperación.

Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991) con Juliette Binoche.
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Pero tampoco la separación conseguirá, finalmente, disolver lo constituido en el reconocimiento. “¿Por qué quisiste olvidarme? […] ¿Por qué no has venido a verme? Te esperaba” le pregunta Alex a una ya reparada Michèle. “Creía que te había olvidado. Pero hace semanas que todas las noches sueño contigo. Por eso estoy aquí. Son los sueños quien me envían”, dice Michèle. No pueden ser el uno sin el otro, porque sin el otro, uno no puede ser. Menos descarnada que su posterior filme Pola X (1999), en una dinámica trágica pero siempre optimista dentro del cambiante aunque emocionante escenario de un París oscuro, de fin de siglo y de transición, con Los amantes del Pont-Neuf Leos Carax escenifica el acto fundante y constitutivo del amor desde la imagen que el otro tiene de nosotros, y que tanto necesitamos para ser. Como dice Michèlle: “Al despertar, deberíamos llamar a quienes han aparecido. Así la vida sería más sencilla. «Hola, he soñado contigo, el amor me ha despertado»”. No será casual, por ello, que la última frase del filme sea la de Michèle suspendida en el vacío y gritando al viento: “Despierta París”.

Película "Los amantes del Pont-Neuf" de Leos Carax (1991), conectada con "L'Atalante" de Jean Vigo.
Los amantes del Pont-Neuf (1991)

Profesor en el Departamento de Filosofía y Sociedad (UCM). Doctor en Filosofía, así como también Doctor en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, está especializado en el s. XIX alemán. Con un largo recorrido docente e investigador en universidades de reconocido prestigio internacional (Alemania, EE.UU., Federación rusa, Suráfrica, etc…), une su interés por la estética, la ontología y la historia cultural en una labor crítica comparatista. El misterio del cine es otra más de sus proyecciones.

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