Los hombres de Pilar Miró: Álvaro, el espejismo

Habiendo un Mario que se lleva los golpes, no parecía necesario contar con un Álvaro que empeorara aún más ese lugar al que ambos representan, ese extremo narcisista del eje en donde Andrea colocaría a todos los suspensos de su examen. Álvaro, cuya profesión de actor no está elegida a la ligera, es aún más narcisista y egoísta que Mario, incluso hasta el paroxismo si atendemos a algunos de sus diálogos más extremos. Sin embargo, Álvaro sirve a la historia por un muy singular parecido físico que guarda con otro hombre.

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Una elección de casting del todo significativa, ¿no les parece? Pero si acaso esta no fuera suficiente para fijar la conexión entre ambos personajes, el vestuario hará lo posible por sugerirla aún más mediante una elección de camisa de lo más parecida que ambos personajes llevarán desabotonada para mostrar parte del pecho. ¿Qué contrasta entre los dos, sin embargo? Sin duda, la entonación de sus diálogos, pues allí donde Bernardo pronunciaba en calma, gobernando la situación y desinteresado de sí mismo, Álvaro teatraliza para su propio enaltecimiento narcisista, encantado con su propia presencia y con su conducta sin importar lo insensible de la misma.

Sin más objetivo que el de probar suerte como seductor, extremo que le emparenta a otro bien degradado…

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Álvaro se acerca a Andrea dispuesto a probar sin riesgo si su semblante fuera suficiente para ella:

Álvaro: ¿A quién golpeabas tú? ¿A María? ¿Al decorador? ¿O a ese brillante periodista con el que te empeñas en complicarte la vida? – Le dice a Andrea tras el ensayo de la escena en que María golpea una puerta para tratar de salir. – ¿A quién?

Y entonces llega el delirio y la prueba:

Andrea: Dentro de tres días me tienen que operar. Es grave. El médico ha sido lo suficientemente grave como para pensar que hay pocas posibilidades de poder contarlo. Eso es todo.

Se produce la revelación de un secreto enorme, uno para el que Mario no habría estado preparado y al que Álvaro ni siquiera sabe responder, pero que vale para Andrea como un ensayo del que sería su deseo, es decir, revelar el secreto al hombre que sí puede hacerse cargo de él: Bernardo. Y lo ensaya con el hombre que más se le parece físicamente, a pesar de que Andrea sabe de antemano que es el peor de los interlocutores posibles para semejante noticia. Lo que resta es asistir al ridículo de un narcisista patológico que, ante la noticia, ni siquiera finge estar afectado, sino que revela con macabra sinceridad el hecho de que la noticia no le afecta en absoluto.

De este modo, el delirio; pero también, la prueba. Ante un semblante que lo promete todo, Andrea despliega una prueba crucial, que no es otra que enfrentarle a la enfermedad, la cara más insoslayable de lo real. Ante ella, un niño narcisista solo responde una manera, que no es otra que huir inmediatamente:

Álvaro: Bueee jajaja, pues será mejor que no se lo digas a nadie. No ibas a despertar demasiada simpatía. A la gente no le gustan los moribundos. – Dice Álvaro, atribuyendo a los demás su propio deseo de deshacerse “del moribundo”. – A mí no me importa demasiado que me lo hayas dicho. Yo me voy a Roma pasado mañana, en cuanto acabe la grabación. A rodar esa mierda de película de terror. Y no voy a suspender el viaje por tu posible velatorio.

Andrea, de este modo, confirma lo que ya sabía de antemano, es decir, que Álvaro jamás estará a la altura de semejante prueba, que sale huyendo de ella y no quiere saber nada. Y así, la quiebra del delirio le devuelve la realidad: Álvaro no es Bernardo

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Álvaro no ofrece su mano, ni tampoco compañía alguna, subrayando que nada hará que cambie su viaje a Roma por más que la película que rodará allí vaya a ser “una mierda”.

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Álvaro: Suerte.

Y si ese beso, y esa palabra, pudieran parecer verdaderos, por poco que fuera la cosa, basta recordar lo que él mismo había dicho un momento antes…

Álvaro: Si sales de esta y cascas después que yo, no olvides de decir a todo el mundo lo maravilloso que estuve en la escena de la despedida. – le dice sonriendo.

…para entender que no era más que una representación narcisista, interpretada en clave dramática para sí mismo.

Quizás tenga el espectador la tentación de considerar que la presencia de un narcisista como Álvaro es un extremo inverosímil del relato, un extra gratuito y caprichoso, pero lo cierto es que responde a una fenomenología que retornaría, muchos años después, en “El pájaro de la felicidad“, a través del personaje de Eduardo (José Sacristán), lo que dignifica la repetición y la conecta con algo de una vivencia real que debió impresionar y decepcionar enormemente a la propia Pilar Miró. Avancemos un diálogo de aquella otra película que en todo nos va a recordar a Álvaro:

Eduardo: ¿Qué te ocurre?
Carmen: Me siento invadida. Ha aparecido la mujer de mi hijo con su pequeño. Se han separado y no se le ha ocurrido mejor idea que venir a buscar refugio en mi territorio.
Eduardo: ¿Y yo qué tengo que ver?
Carmen: Necesitaba contárselo a alguien. A ti.
Eduardo: [girándose para darle la espalda] No has debido llamarme. Quedamos en eso, ¿no? Procura solucionar tus problemas sin contar conmigo. El hecho de que alguien espere algo de mí, me perturba.
Carmen: ¿Lo dices en serio?
Eduardo: Es evidente. ¿Por qué?
Carmen: Por nada. Está bien.

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