Los hombres de Pilar Miró: Eduardo, el desertor

Tras el examen de la posición de Enrique, una que remitía en alguna medida a otra posición crucial anterior que fue la de Bernardo, poco queda en “El pájaro de la felicidad” que resulte de interés para el examen de las posiciones masculinas. El actor más importante del film, José Sacristán, cuya aparición se demora en torno a cincuenta minutos de metraje, no aporta sino una nueva reedición de una posición masculina rebajada que le emparenta con el espacio de los niños “todo-deseo” y que ni sabe si se interesa por ninguna otra. Tanto es así que, de hecho, de todas las posiciones pueriles en hombres adultos desplegadas hasta ahora, puede que la de Eduardo, ese profesor de universidad que abandonó España en los tiempos de la dictadura, sea la posición menos comprometida de todas, emparentándose con la de aquel personaje llamado Álvaro en “Gary Cooper que estás en los cielos”. Sí porque, allí donde otros personajes como Mario (en aquel mismo film), al menos, optaron por aceptar el juego aunque solo fuera para perder, o donde personajes como Víctor (“Hablamos esta noche”) accedieron a vivir la fantasía de ser el hombre que se esperaba que fueran, el de Eduardo es un personaje en fuga que abandonó el país en sus peores tiempos (parece que Pilar Miró ataca aquí a quienes se exiliaron durante los tiempos políticos más oscuros para la cultura) y que, como veremos, sale huyendo en cuanto se le convoca para algo distinto que no sea su propio deseo.

Pero no vayamos tan rápido y rescatemos lo más interesante de este personaje que llega, como los niños, reclamando todo el espacio disponible:

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Bueno, más que llegar, dijéramos que ha sido “entregado”, como desvalido y necesitado, en taxi y sin poder valerse por sí mismo puesto que su casa ha sido alquilada a Carmen supuestamente de forma incorrecta y ahora no tiene dónde ir. Todo un recién nacido, el más niño de todos los desplegados hasta aquí, que pronto empieza a llorar y a reclamar lo que dice que es suyo:

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Carmen: Mucho gusto, profesor, y escúcheme a mí. Porque ha sido usted quien ha entrado en mi casa, ha quitado las sábanas de mi cama, ha revuelto lo que ha querido, y se ha permitido el lujo de utilizar mi cuarto de baño.
Eduardo: No es su cuarto de baño. Ni su cama. Ni su casa. Todo esto, todo esto es mío. ¿Lo entiende ahora?

Sin duda, una reclamación incesante por todo lo que le rodea que por la naturaleza física del objeto de deseo y por la claridad con la que se demanda, solo es propia de un niño aún peor criado que otros que le precedieron (Mario, Víctor, Fernando…).

Eduardo: Yo estoy dispuesto a permanecer en esta casa todo el año. En ¡mi! casa, con mis muebles, mis libros, mis aletas y mi botella de oxígeno.

Sin embargo, para Eduardo, como para los recién nacidos, cualquier objeto de deseo es fácilmente sustituible y superable por la presencia de la figura materna que con su silueta y su atención distrae al niño de cualquier otro deseo, y eso es lo que sucederá a continuación cuando del encuentro entre Eduardo y Carmen surja un encuentro sexual que le dejará a él aliviado en su deseo y por tanto más receptivo a una futura sublimación.

Sí, sublimación, primeramente por un objeto menos preciado que ella le brinda, colocándolo ante sus ojos y colocándose ella misma detrás, como asociándose ambos ante la mirada del recién nacido:

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Bueno, la oferta de Carmen va más allá de los jureles, pues en realidad toda ella parece salir de ese cuenco de fruta fresca detrás del que se alinea con toda precisión, subrayada por el punto de fuga del plano, y que le hace adoptar, ante la mirada de Eduardo, la más apetitosa forma de una oferta. Diríase que la cosa puede parecer exagerada pero, de hecho, no es otra cosa lo que se está gestando ante los ojos de Eduardo con toda la intención de neutralizar su reclamación por la casa.

Carmen: Si durante un buen rato me promete no hablar de la casa, le invito a comer – dice Carmen enseñándole los jureles y adoptando la mirada y la voz más sensual posible. ¿No pareciera que le está ofreciendo el chupete para que deje de llorar?

Y Eduardo comienza a morder el anzuelo, distraído por el fervor de esa imago a la que Carmen le recuerda en la morfología de la escena y por la oferta que esta contiene:

Eduardo: De tú, ¿no? Si tu carácter te lo permite.
Carmen: Te invito a comer.

Eduardo reclama, bajo la metáfora del tuteo, una relación de mayor proximidad. La reclamación por la imago, ha comenzado.

Las atenciones para el niño se suceden una tras otra desplegando el campo semántico de la frescura que ya se había insinuado previamente, y alguna incluso adoptando, al mismo tiempo, la forma de un chupete imaginario.

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Eduardo: ¿Puedes estarte quieta y sentarte de una vez? – le dice Eduardo adoptando una forma tosca pero deseando ser amable al mismo tiempo.

Sin embargo, su deseo de ser amable, lejos de conferirle la voluntad de ayudar a Carmen en las tareas de la mesa, esconde, en primer lugar, el placer de ser servido con toda suerte de atenciones; y, más interesante aún, le conduce a demandar la presencia de ella, como el recién nacido que llora para invocar la presencia de su madre. ¿No les parece que algo del juego del fort-dá al que jugaba el nieto de Freud parece tener lugar en esta escena?

Carmen: Voy por unas copas. ¿Qué quieres?
Eduardo: Me da lo mismo, lo que tengas.

Lo que tengas (tú)”, es decir, “te quiero a ti“. Eduardo, avezado detector de escenas de agasaje y siempre listo para entregarse a ellas, ha reconocido el juego y ya ha empezado a jugar sus cartas para ganar la pieza mayor, y de paso conservar la casa, es decir, una jugada maestra propia de quien lo quiere todo, para conservarlo todo. Pero un niño, no es rival para su madre. ¿Ven cómo finge ser un niño bueno esperando en la mesa a que le traigan su regalo?

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Carmen: […] Solo quiero que estés cómodo. – como una madre con su bebé.
Eduardo: ¡Lo estoy! ¿Adónde vas ahora? – dice Eduardo que llora cada vez que su madre se aleja.

Y finalmente, tras una conversación sobre los poetas del 98, Carmen se ofrece a un niño del que espera poco, es evidente, pero con el que espera disfrutar también, al menos, una parte de sí misma.

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Lo que sigue es Carmen “haciéndole la cama” a Eduardo, y pasando la noche con él, cosa que Miró escribe mediante este espectacular encadenado de tres elementos significativos y entrelazados: la puesta de sol que anuncia la noche, el camisón como la ropa de cama y la calor del sol situado a la altura del corazón sobre la tela:

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Sin embargo, Miró representa a ese sol en su fase más senescente, con sus apagadas energías perdiendo la batalla frente a esa superficie lunar que se extiende sobre la cama y en la que parece sumirse todo.

A la mañana siguiente, la ilusión de tenerlo todo vale doble y Eduardo no duda en formular su propuesta por el lote mayor:

Eduardo: ¿Por qué no vivimos los dos aquí? La casa es grande. La dividimos para el trabajo y si nos llevamos mal… ¡Intentarlo!, al menos.

Inseguro de su propia capacidad para tomar una altura que, en realidad, ni alcanza ni conoce, Eduardo apenas se compromete a “intentarlo”, como otrora Mario tan solo intentara poder superar su separación de Andrea, ¿lo recuerdan?

Mario: Si como tú dices, esto es un fracaso, intentaré sobrevivir.

La palabra “intentar” vale en esta categoría de afirmaciones como el subterfugio necesario para hacer pasar una falta de compromiso por la mejor de las intenciones, pero Carmen conoce ya, y con todo detalle, los efectos de una palabra que vale más por lo que no convoca que por lo que sí reúne.

Carmen: Yo he venido hasta aquí para estar sola, para vivir sola. Tú has hecho lo mismo. Ha habido años de mi vida que he compartido, pero siempre han acabado fatal.

El espectador pondrá en su cabeza las etiquetas pertinentes: Mario, Víctor, Fernando

Carmen: No quiero compartir lo que pueda quedarme de vida.

Sin duda, una frase dramática para la que el texto no contiene respaldo, pero que cobra todo su sentido considerando que quien la pronuncia es alter-ego de Pilar Miró. La directora sufrió durante toda su vida de una grave amenaza cardíaca que le llevó al quirófano en varias ocasiones (1975, 1982, 1985…) y que hizo temer muy pronto por su vida. No cabe duda de que ella misma albergaría la posibilidad de tener una vida corta y sería muy consciente de aprovechar el tiempo que pudiera “quedarle de vida”, como dice Carmen. Pilar Miró murió solo cuatro años después del rodaje de “El pájaro de la felicidad” por efecto de un infarto de miocardio.

Carmen: No quiero compartir lo que pueda quedarme de vida. Momentos, días, noches, puede que sí, pero no todo el tiempo. Yo no. Y supongo que tú tampoco.

Una suposición cuyo respaldo intuitivo lleva, nuevamente, nombres de amantes anteriores con los que la empresa fue imposible, a pesar de ser entonces promesa de mayores logros en comparación con cuanto ahora puede esperar de Eduardo.

Carmen: No tengo fuerzas. Y tengo miedo.

Miedo de quedar atrapada en la repetición de un proceso deconstructivo que ya le había llevado antes a perder hasta la silueta:

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

La caída en desgracia del recién nacido Eduardo, cuya subjetividad es aún más endeble que la de otros a los que, sin saberlo, sucede, iba a acontecer pronto. Tras esta negociación con Carmen en la que no formuló promesa alguna, Eduardo no resiste ni el primer embate, y eso que se trata de uno que ni siquiera le requiere activamente:

"El pájaro de la felicidad" (Pilar Miró, 1993)

Eduardo: ¿Qué te ocurre?
Carmen: Me siento invadida. Ha aparecido la mujer de mi hijo con su pequeño. Se han separado y no se le ha ocurrido mejor idea que venir a buscar refugio en mi territorio.
Eduardo: ¿Y yo qué tengo que ver?
Carmen: Necesitaba contárselo a alguien. A ti.
Eduardo: [girándose para darle la espalda] No has debido llamarme. Quedamos en eso, ¿no? Procura solucionar tus problemas sin contar conmigo. El hecho de que alguien espere algo de mí, me perturba.
Carmen: ¿Lo dices en serio?
Eduardo: Es evidente. ¿Por qué?
Carmen: Por nada. Está bien.

No es la última escena con Eduardo, pues aún seguirá otra en la que él buscará de nuevo su afecto y ella le rechazará alegando que “el hecho de que alguien espere algo de ella, le perturba”, y con ella se reequilibra el agravio con el que Carmen había levantado acta de que Eduardo pertenecía al grupo de los hombres menores. Quizás, incluso, el menor de todos, pues ninguno había formulado con una claridad tan elocuente y tan explícita su deseo de no participar en sus problemas, quizás ni siquiera Álvaro. De nuevo, pareciera que el personaje que representa a Miró recibe un fuerte impacto, pero en realidad lo que se ha representado es a Miró atizando un duro golpe contra esa categoría de hombres menores que en la última de las tres películas alcanza a formular su mediocridad como no lo había hecho antes, casi hasta lo inverosímil.



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