Los hombres de Pilar Miró: Julio y su madre por un día

Julio es un auténtico personaje de apoyo. Sirve al relato, sirve a Pilar Miró como destinadora para tomar un narratario externo al mundo de los amantes al que dirigirse y sirve para que pueda explicarse a sí misma por boca de Andrea en un entorno seguro. Así, aunque poco determinante para el relato, proporciona al espectador la oportunidad de entender lo que sucede en el interior de Andrea/Miró, y además asistiendo a un discurso autocrítico y vulnerable como solo volveremos a encontrar cuando Andrea se desnude con Bernardo ante la inminencia del quirófano.

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

La condición periférica de Julio se construye de varios modos: en primer lugar, es un hombre emparejado que atraviesa problemas con su pareja pero que, conforme sabremos en el transcurso de la escena, no romperá su relación definitivamente. Por otro lado, Andrea no está enamorada de él, su relación con él es, diremos por ahora, tan solo fraternal, aunque veremos más tarde que en realidad es maternal. Por último, y precisamente como resultado de lo anterior, Andrea no espera de él una posición paternal, fuertes coordenadas simbólicas ni ninguna clase de sujeción. De hecho, nada le dice sobre su inminente operación.

Y sin embargo, será a él a quién le revele un saber íntimo de naturaleza muy autocrítica que se pronuncia por boca de Sampietro pero que parece subir a toda velocidad hasta incorporar el sabor de una Pilar Miró insólitamente sincera, encontrando el momento y la oportunidad justa de explicar algo de sí misma.

Julio: ¡Vamos, no fastidies! – exclama Julio quejándose de su pareja, Pilar. – Tú no eres así, tú tienes una identidad lo bastante sólida como para ignorar esas cosas.
Andrea: Estás equivocado. Eso es lo que queréis creeros vosotros para sentiros más cómodos. Y algunas somos tan estúpidamente orgullosas como para representar ese tipo, hasta el final.

Y por orgullo se negaría a mostrar esa debilidad, que en realidad, sabemos, daría luego a una demanda que Andrea da por hecho que no sería satisfecha (ya sabemos de los términos de su complicado examen) y que además se convertiría en una nueva oportunidad para decepcionarse con su amante, sea quién sea. No obstante, la escena sirve para ubicar la falla interna de Andrea, el umbral de su falta, una cuya energía es tal que alimenta el orgullo con el que desea esconderla.

Andrea: No lo cuentes a nadie pero yo lo paso igual de mal que Pilar; porque Mario no tramita su anulación, porque su mujer sigue alardeando de apellido, porque yo también soy la pequeña burguesa que me enseñaron a ser…

Antes de continuar, anotemos que esa mujer a la que Andrea dice asemejarse se llama Pilar, uno más de los elementos que la película va sembrando aquí y allá y que construyen la conexión de representación que guarda el personaje de Andrea con la propia Pilar Miró. Pero sigamos.

Destaquemos el fragmento “no lo cuentes a nadie”, que confirma al orgullo como la razón por la que Andrea no quiere revelar su vulnerabilidad. No se trata tanto de que esa revelación pudiera tener algún efecto en ella, que por cierto podría ser, sino sobre todo de que nadie sepa que, en realidad, no hay tanta diferencia entre esa Miró/Andrea y el resto de las mujeres sobre las que su reputación la eleva como una mujer extraordinaria. Sin duda, una vulnerabilidad que no se ha de mostrar, pero que Miró está desesperada por decir, y que “dice” por boca de Sampietro que tanto la representa en el plano del relato. Y, ciertamente, el apelativo de “mujer extraordinaria” vale tanto para Andrea en el plano del relato, como para Miró fuera de él, incluso en aumento con el paso del tiempo. Recordemos que su madre atestiguó su fama en aquella escena en que Andrea había acudido a visitarla, lanzando una línea de conexión con la propia Pilar Miró:

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Madre de Andrea: Vas, vienes, y tu madre sin enterarse. Tengo que comprar las revistas para enterarme de qué pasa con tu vida.
Andrea: ¿Y te enteras?

No, naturalmente, su madre no se entera. El único al que se le ofrece esa información es a Julio, como aquel del que no se espera nada, un interlocutor seguro, un piso franco para la confesión, y quizás a Bernardo, que por otra parte sabe bien de ello.

Detengámonos, sin embargo, en esa condición de pequeña burguesa conforme a la que Andrea dice haber sido educada, y que ella conecta con esa naturaleza vulnerable y en falta que, por fin, se ha atrevido a desvelar. Y, de hecho, constituye una notable autocrítica, pues supone deslizar la idea de que, habiendo sido educada como burguesa, es decir, bien instalada en un cierto confort, y por tanto ajena en gran medida al mundo de la falta y la carencia, aún conserva la directriz de aspirar a lo más alto, al ideal. Llevada esta idea al conjunto de las esferas existenciales, la cosa alcanza finalmente incluso al ideal de hombre, sostenido por Andrea como el pináculo que sobrevuela en forma de examen imposible para el resto de los hombres. Dicho de otra manera, Andrea sitúa en quien la educó de esta forma parte de la responsabilidad de que ella haya sido capaz de cuidar en exceso un ideal de hombre que ensombrece a cualquier otro y que le impide reconciliarse con lo que la realidad puede ofrecerle, en lugar de desenmascarar al ideal como un estatus imposible al que la realidad jamás alcanza y al que solo cabe aspirar, pero no exigir.

Andrea: Y… bueno, no te creas que vosotros sois menos contradictorios, menos exclusivos y menos burgueses.

Tesis que Andrea parece aplicar, cuando menos, a Mario, que en el atildado cuidado de sí mismo y de su semblante pareciera no haber conocido falta alguna, o fingir que esta no tiene que ver con él, a pesar de ser el más carente de todos.

Sin embargo, gran parte de cuanto podemos apreciar del personaje de Julio, como elemento de una constelación de hombres a la que pareciera haber sido invitado por casualidad, se extrae del giro que la historia toma a continuación:

Andrea: Julio, yo voy a dejar a Mario. Tú vas a dejar a Pilar. Es la primera vez desde que nos conocemos que somos dos personas libres. – dice Andrea apuntalando los términos en los que puede darse un encuentro sexual con él.
Julio: ¿Y? – contesta él mostrando, primero, que su amor no está con ella; pero también dejando entrever algo de una ingenuidad que enseguida va a cobrar sentido.

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Andrea apura el final de su copa y le besa. Julio se deja besar… como un niño, y la referencia no es casual, dado que todo lo que sigue hasta el final de la escena cobrará un sentido extra si lo revisamos desde la idea de que Andrea, siempre reluctante a adoptar la posición maternal con respecto a los hombres, coherente con su eterna demanda de subjetividad paterno-simbólica, sin embargo, acepte la posición en el caso de Julio. ¿Y qué tiene Julio? Bueno, en primer lugar, que ella no le ama, como tampoco él la ama a ella (recordemos ese “¿Y?”), es decir, Julio no computa en el plano de lo simbólico, no contiene ni presenta potencia de tal, algo de lo que Andrea es del todo consciente, y por tanto puede tomarlo por otra cosa, rebajado en lo simbólico, valioso por cuanto objeto querido, como “el falo de la madre” que es, en definitiva, el hijo. Y no me pueden negar que, en todo lo que sigue, comenzando por el rostro que el beso de Andrea le deja, Julio tiene postura y cara de niño:

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Un niño asustado, sumiso, al que el tren de Andrea “para por encima”, literalmente. Es ella quien se desprende de los zapatos primero, quien se desnuda, pegando su cuerpo totalmente sobre él, que, superado, tarda aún unos segundos en desprenderse de los suyos, como si fuera incapaz de responder inmediatamente a lo que le sucede, o como si, en realidad, no lo hiciera, sino que simplemente se dejara llevar por algo más enorme que él, algo de una imago que con sus besos le recuerda a otra más prístina, con la que vive la ilusión de volver a ser un “niño querido” y desconcertado.

Pero no perdamos ocasión de reparar en la pregunta de Julio justo cuando Andrea le besa:

Julio: ¿Te… comportas siempre así? – dice perplejo.
Andrea: Bueno, solo la primera vez.

La primera vez, naturalmente, pues ya sabemos de los problemas de Andrea para sostener su deseo hacia los hombres, puesto que, como dimensión de lo real que concluye siempre por desfallecer, o como fenómeno degradado a la sombra de un ideal, los hombres siempre terminan decepcionándole en esa demanda de lo simbólico. Aunque, en este caso, Andrea no tiene duda de que el encuentro sexual con Julio será único, así como de que en dicho encuentro ella no opta por lo fálico-simbólico sabedora de que esto se ubica muy lejos del alcance de Julio.

Por cierto, no dejemos de reparar en la presencia de esa gran silueta femenina que aparece en el centro sobre el cabecero de la cama y que parece presidir no ya la escena que nos incumbe, sino también todas las escenas en las que Julio se encuentra con Pilar en esa cama que es la de ambos. Así, no hay duda de quién es la figura que gobierna toda escena sexual de Julio. ¿Y hasta dónde alcanza la jerarquía? Hasta el final mismo del acto sexual:

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Tan pronto como Andrea adopta una posición de carácter sexual, es decir, desde el mismo momento en que apuró la copa y besó a Julio, la jerarquía sexual le reservó la posición dominante, como cabría esperar de ese tándem madre-hijo. Y es que el niño no puede ser rival para su madre, y desde luego no puede hacer falo para ella, como, por otro lado, se nos da a intuir en la propia escena, primeramente a través de la metáfora que es el plano de la copa derramándose en vacío sobre la alfombra:

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

En otras palabras, ella, con su mano y sin querer, empuja a Julio hasta derramarse en el vacío.

En segundo lugar, por las posturas de ambos tras el contraplano:

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Él, abrazado a ella, derrengado y exhausto, la mira desde una posición inferior, mientras que, por el contrario, ella parece conservar toda frescura, producto de que ha habido escaso infringimiento por parte de Julio, sentada en una posición más erguida y prácticamente peinada.

En tercer lugar, por uno de los diálogos que se producen tras el encuentro sexual:

Julio: ¿Cómo estás?
Andrea: Bien. Bien. Pienso que no cae un gorrión sin que intervenga la providencia. Si no ocurre hoy, ocurrirá luego. Si no ocurre luego, tendrá que ocurrir, porque nadie sabe ni qué abandona ni cuándo es oportuno dejarlo. Hay que estar preparado. Hamlet.
Julio: ¿Siempre eliges así los momentos para citar a los autores? Lo del gorrión caído no me ha gustado nada, me parece una alusión un poco delicada.

Un gorrión caído es una buena metáfora de lo que ha acontecido, ¿no creen? Y por otro lado, la confirmación es que a Julio no le ha gustado nada la metáfora, cosa que no sucedería si esta no pudiera relacionarse en absoluto con algo del reciente encuentro sexual.

¿Y no les llama la atención ese exceso de preguntas que Julio dirige a Andrea? Una batería de preguntas como las que realizan los niños, sin cesar, incluyendo la grave, compungida y comprometida sinceridad, tan tierna, con la que Julio se interesa, en el momento justo, por el estado de Andrea:

Julio: ¿Cómo estás?

No hay duda de que para Julio, ELLAS están en el centro, todas cuantas tienen a bien colocarse:

Julio: ¿Sabes que eres muy linda? – le había dicho al terminar el encuentro sexual.

Detengámonos, sin embargo, en un plano muy determinado:

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Uno que ya habíamos visto, pero quizás podríamos proponer mirarlo de nuevo… bajo cierta luz. Concretamente, atendiendo a la relación que la luz del fondo guarda con la propia Andrea, como si ambos iluminaran a Julio que yace fascinado por la belleza:

Julio: ¿Sabes que eres muy linda?

Andrea lo niega inmediatamente:

Andrea: jajaja no, lo mío es otra cosa, lo sé muy bien.

Pero lo cierto es que para Julio se trata de una escena ideal, casi mítica, que él vive como una ensoñación, efecto que el iluminador ha realzado en la escena envolviéndola por completo en una luz onírica, brumosa, como un recuerdo borroso con el que Julio está reconectando de nuevo, como si lo hubiera vivido antes, y que vivió bajo el influjo de una enorme belleza. Sin duda, el fotograma, juega para Julio como una posible puesta en escena de su imago primordial, cuya luz le ciega, le hace ver más belleza de la que hay (recordemos que él no está enamorado de Andrea), hasta argentar su espalda que brilla esplendorosa por efecto de una mujer.

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981) y "Princesa Jacinto" de Alphons Mucha

A la derecha, detalle de “Princesa Jacinto” de Alphons Mucha.

Para Julio, la luz que entra por la ventana y la propia Julia son la misma cosa, mientras asoma aún, en la esquina superior izquierda, la parte inferior de esa figura femenina que presidía la cama, como Andrea preside la cama de Julio ahora, y cuya esquina parece el extremo de una flecha que la señala a ella directamente. Ella, en el centro del plano, en el centro de la mirada de Julio, señalada por esa figura femenina en la pared y fundida con esa luz que todo lo invade.

Julio, aún desconcertado, comienza a construir sentido para el encuentro que acaba de vivir:

Julio: ¿No ha sido una venganza, verdad? – le pregunta a Andrea en clara alusión a la infidelidad de Mario.
Andrea: ¡No!, ¿lo ha sido para ti?

Andrea dice la verdad, en primer lugar porque de haberlo sido, el acto habría supuesto una forma de degradación de Julio, a quien Andrea no solo no tiene razones para degradar, sino que además, colocada en la posición maternal, terminará facilitando protección. Segundo, porque su amor por Mario ya es extinto, lo cual nos da la clave para comprender lo que sigue:

Andrea: ¡No!, ¿lo ha sido para ti?
Julio: Es… distinto, yo… – dice Julio, que interrumpe su frase, baja la mirada y arruga el entrecejo.

¿Qué se ha mencionado que no puede ser dicho en este instante y lugar? El nombre de Pilar, sin duda, la mujer a la que tanto Andrea como el espectador saben que Julio no podrá abandonar, a la que está ligado sin remedio. Sin embargo, aunque Julio no sea capaz de decirlo, su atrevimiento posterior hará que esa idea le retorne en forma de reproche:

Julio: Lo que no entiendo es que estéis así. Si piensas que no tiene arreglo, terminas la historia y en paz, joder.
Andrea: ¿Y tú me dices eso a mí? ¿Tú a mí me dices que arregle yo mi vida? ¿Y la tuya? Dices que termine yo mi historia cuando tú sabes igual que yo que pasado mañana volverás a estar en esta misma cama con Pilar? Por favor, dejémoslo.

"Gary Cooper que estás en los cielos" (Pilar Miró, 1981)

Una madre, para un niño.

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